Cuando Jean Morel volvió a cruzar los portones del palacio, el corazón se le encogió.
Quince años antes había comprado aquella finca cerca de Toledo, con un solo propósito: ofrecer a su única hija, Camille, una vida estable, digna y protegida.
Luego todo se derrumbó. Una quiebra repentina. Una larga estancia en el hospital. Años fuera de España, lejos de su hija, convencido de que estaba a salvo… porque la familia estaba allí.
Se equivocaba.
El palacio era aún más majestuoso que antes. Arañas de cristal relucientes, suelos perfectamente pulidos, muebles caros. Todo irradiaba riqueza.
Pero desde sus primeros pasos en el vestíbulo, Jean sintió que algo no iba bien.
Una voz cortante resonó desde el salón:
—«Date prisa. El suelo todavía no está limpio.»
Jean siguió el sonido.
Y entonces la vio.
Una joven estaba arrodillada sobre el mármol, frotando con un trapo gastado. Vestido sencillo. Manos enrojecidas. Mirada baja.
Una criada.
Una desconocida.
Entonces ella levantó la vista.
El mundo de Jean se detuvo.
—«Camille…» susurró.
Ella palideció al instante.
No hubo alegría.
Ni alivio.
Solo miedo.
Detrás de Jean apareció una pareja elegante, copas de vino en la mano. El hombre frunció el ceño.
—«¿Quién es usted? ¿Y por qué la criada ha dejado de trabajar?»
Jean se giró lentamente.
—«¿La criada…?» Su voz temblaba. «Esa es mi hija.»
Un silencio helado llenó la sala.
La verdad fue saliendo poco a poco.
Después de que Jean se marchara, sus primos —a quienes había confiado temporalmente la gestión de la casa— lo cambiaron todo.
Documentos falsificados.
Mentiras.
Amenazas.
Convencieron a Camille de que el palacio ya no le pertenecía.
Cuando se negó a irse, le dieron una elección cruel: obedecer… o acabar en la calle.
Así que se quedó.
Limpió los suelos donde había aprendido a caminar.
Sirvió mesas en el comedor donde su padre le había prometido celebrar cumpleaños.
Durmió en un pequeño cuarto junto a la cocina, mientras otros vivían la vida que debía haber sido la suya.
Jean apretó los puños.
—«La convertisteis en una sirvienta…» dijo en voz baja. Demasiado baja.
Entonces sacó una carpeta de su chaqueta.
Escrituras notariales.
Títulos de propiedad.
Documentos bancarios españoles.
Todo estaba allí.
—«Nunca vendí esta casa. Sigue siendo de ella.»
La pareja se quedó pálida.
Los días siguientes fueron rápidos e implacables.
Abogados.
Oficiales judiciales.
Investigación.
Cuando la verdad salió a la luz, no quedó ninguna duda.
La pareja fue expulsada del palacio.
Y por primera vez en muchos años, Camille se mantuvo erguida en el centro del gran salón.
No de rodillas.
No sometida.
Libre.
Jean tomó sus manos.
—«Perdóname por no haber estado…» dijo entre lágrimas. «Pero ahora estoy aquí.»
Ella asintió, con la voz rota:
—«Te estuve esperando.»
Algunas casas se construyen con dinero.
Otras se reconstruyen con la verdad.