El escenario vibraba de expectación, el público susurraba mientras el siguiente concursante daba un paso al frente. A primera vista, parecía un hombre cualquiera: una figura robusta con una sencilla camiseta y vaqueros, su larga melena cayendo sobre sus anchos hombros. Sin embargo, había algo en él, algo que silenció al público en el instante en que apareció.
Sus ojos ardían con una intensidad tal que incluso los jueces se removieron incómodos en sus asientos. Las luces parpadeaban, como si no estuvieran seguras de poder contener la energía que emanaba de él. No era una entrada cualquiera; era una presencia imponente.
El hombre no dijo nada. No sonrió, no saludó. Simplemente se quedó de pie en el centro del escenario, respirando profundamente, como si esperara una señal que nadie más pudiera oír.
Entonces comenzó.
Un sordo estruendo resonó en el teatro, tan débil al principio que parecía producto de la imaginación. Pero con cada segundo que pasaba, se hacía más fuerte, hasta que toda la sala tembló con el sonido de un trueno. El público jadeó y miró a su alrededor, pero sus miradas inevitablemente volvieron a posarse en él. Se elevó el pecho, tensó los brazos y, con un movimiento único y demoledor, golpeó el escenario con el pie.
El sonido que siguió fue como un rayo que rasgó el cielo. Un trueno retumbó por los altavoces, las luces estallaron en patrones deslumbrantes y el aire mismo pareció temblar. La gente se aferró a sus asientos, algunos incluso gritaron, pero nadie se atrevió a apartar la mirada.
Fue entonces cuando la ilusión —o quizás la verdad— se reveló. El hombre sencillo con vaqueros ya no parecía un concursante. Su silueta brillaba, y por un instante fugaz, la multitud juró haber visto una armadura relucer sobre su pecho, una capa roja ondeando tras él y la sombra de un poderoso martillo formándose en su mano.
—Thor… —susurró alguien con asombro.
El hombre alzó los brazos al cielo mientras una tormenta de luz danzaba sobre él. Chispas descendieron como relámpagos, rodeando su cuerpo con un halo de poder. Sus venas parecían palpitar de energía, sus músculos brillaban como si estuvieran cargados por los cielos mismos.
Los jueces se quedaron mirando, paralizados por la incredulidad. Uno se inclinó hacia adelante y susurró: «Esto… esto no es posible».
Y, sin embargo, estaba sucediendo.
El trueno se intensificó, alcanzando un clímax, hasta que, con un último aplauso, todo el escenario estalló en luz. Por un instante, pareció que el tiempo se había detenido. Cuando el resplandor se desvaneció, él permanecía erguido e imperturbable, la viva imagen de un dios caminando sobre la tierra.
El público estalló en aplausos. Algunos vitorearon con entusiasmo, otros se quedaron boquiabiertos en un silencio atónito, mientras que unos pocos simplemente lloraron, abrumados por el espectáculo.
Bajó la mirada, con una leve sonrisa asomando en sus labios, y con una voz grave que resonó como un trueno, pronunció las únicas palabras de su actuación:
“No soy un hombre. Soy un trueno.”
Y con eso, se dio la vuelta, dejando tras de sí un escenario transformado para siempre, y un mundo que jamás olvidaría la noche en que Thor se reveló entre los mortales.